sábado, 14 de enero de 2017

¿De qué está hecho el español?



CArlos Alberto Carlos Alberto Patiño
 Carlos Alberto Patiño

A todos nos enseñaron que el español es una lengua romance. Algunos, por estar más atentos a los partidos de futbol o a los personajes de Chespirito, lo olvidaron.
Que eso significa que es una transformación del latín era un conocimiento más o menos extendido.
Pero que nuestro idioma incluye palabras provenientes de más de media docena de lenguas es algo que no todos tenemos presente.
Es el español lenguaje de una nación que fue una especie de crisol en el que se fundieron diversas culturas a las que luego se sumaron las de América.
La denominación “español” proviene, obviamente de España, aunque allá no terminan de ponerse de acuerdo si en realidad debe llamarse castellano.
La divergencia surge de la variedad lingüística de la Península, donde las comunidades autónomas tienen sus propias lenguas. Consideran que la lengua del reino es la de Castilla, que no es la de todos, aunque todos la usen para comunicarse.
La oficialista Real Academia toma la siguiente determinación:
Español. Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más apropiada está hoy superada. El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy cerca de cuatrocientos millones de personas. Asimismo, es la denominación que se utiliza internacionalmente (Spanish, espagnol, Spanisch, spagnolo, etc.). Aun siendo también sinónimo de español, resulta preferible reservar el término castellano para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español que se habla actualmente en esta región. En España, se usa asimismo el nombre castellano cuando se alude a la lengua común del Estado en relación con las otras lenguas cooficiales en sus respectivos territorios autónomos, como el catalán, el gallego o el vasco.” (Diccionario panhispánico de dudas).
No olvidemos que el conquistador hablaba en “castilla”.
Decía que la península Ibérica fue un crisol. Cuando los romanos llegaron a Hispania lo hicieron con su latín de soldados, el habla popular, e impusieron su lengua. Pero no hay conquistador que no resulte conquistado. Los hispanos se sentían de Iberia y hablaban ibérico y en algunas partes celta.
El latín fue asimilando expresiones de esos idiomas.
El mismo latín tenía incorporado vocabulario de origen griego, como sabemos los que en la preparatoria debimos estudiar etimologías grecolatinas (Los del CCH eran felices de haberse salvado de esa materia, pero lo han pagado con lagunas culturales, a veces incomprensibles).
Así que el latín dejó de ser lo que era para convertirse en una nueva lengua a la que llamamos español.
En otras regiones ocurrió un fenómeno similar y aparecieron el italiano, el francés, el portugués y el rumano.
Bien habían desarrollado los hispanos su nueva lengua, cuando les cayó el islam.
Entre leyenda e historia está “la pérdida de España” por la traición de don Julián, quien afrentado en el honor de su hija a manos de don Rodrigo, abrió las puertas de Ceuta a los árabes para que invadieran Tarifa y desde ahí se apoderaran del reino.
Los árabes dejaron su impronta en nuestra lengua. Palabras como almohada, almanaque, alforja, alcalde, alférez, elíxir, café, alhóndiga, azulejo, zafiro... nos vienen de esa visita.
Con los romanos y los árabes venían también judíos, que nos legaron palabras como rabino, Torá, talmudista, Talmud, maná, moisés (ya en decadencia por la aparición de los bambinetos y otras cunas).
Y en eso llegó doña Isabel de la mano de don Fernando, los muy católicos reyes y ¿qué creen?, consumaron la Reconquista. Echaron a los moros y expulsaron u obligaron a convertirse a los judíos.
Inquietas como eran sus católicas majestades, prestaron oídos a las descabelladas ideas de Cristóbal Colón y le financiaron el viaje que lo trajo a estas tierras.
Creció así la lengua que incorporó modos de decir y nombres de productos por Europa desconocidos. Chocolate, guajolote, nixtamal, aguacate, mexicano, papa, jitomate... La lista es larga, pues incluye, además del náhuatl, a idiomas como el quechua, el maya, el zapoteco...
No conformes, al de Aragón y a la de Castilla se les ocurrió casar a su hija Juana (después conocida como La Loca), con un príncipe austriaco, para más señas apodado El Hermoso. Éste, Felipe de nombre, era archiduque de Austria, duque de Borgoña y conde de Flandes.
La pareja tuvo un hijo que ascendió al trono de España sin hablar español. Sus lenguas eran el alemán y el flamenco. Paradójicamente, don Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, terminó sus días en el monasterio de Yuste, donde se tiene el primer registro escrito de nuestra lengua en las Glosas Emilianenses.
De esos idiomas nos quedan vocablos como bigote, brandy, brindis, káiser, babor, bauprés, corbeta, demarrar, dique, duna, estribor, filibustero, flete, pólder, tinglado, escorbuto. También berbiquí, cabaret, crujir, flamenco, garlopa, maniquí y rebenque.
El Renacimiento, surgido en Italia, llevó a toda Europa, España incluida, la influencia del italiano. Por eso cantamos a capela, tocamos el piano y usamos pistolas y escopetas.
La vecindad, pero sobre todo la geopolítica, introdujeron palabras del gabacho (francés), con la Enciclopedia y, especialmente en la época de los afrancesados de Carlos IV y su valido Godoy. Claro, la invasión napoleónica, dejó lo suyo.
De la lengua gala nos viene bebé, chofer, boutique, sabotaje, biberón, bitácora, bombón, canica, gendarme...
Por si hiciera falta, en México tuvimos el Imperio de Maximiliano y Carlota para expandir la influencia del francés.
Del japonés tenemos la influencia llegada con el Galeón de Manila (la Nao de China) y luego con la presencia de una importante comunidad nipona que nos trajo el chamoy, sashimi, tsunami, sushi, onigiri y el nombre de personaje de telenovela Oyuki, la del pecado.
Luego viene la hegemonía yanqui en el mundo y, sobre todo, el predominio tecnológico que obliga a incorporar vocablos que no existen en nuestro idioma.
La historia no termina ahí. Las lenguas están vivas y se transforman. La nuestra no es la excepción. Con el paso de los años, los dialectos del español serán lenguas distintas, como pasó con el latín. O, como en el caso del spanglish, irán creciendo por las particulares condiciones de la migración.
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El artículo 18 de la Constitución de la Ciudad de México, en proceso de elaboración, establece que los animales son “seres sintientes”.
Como la palabreja no figura en el DLE iba yo a incluirla en la sección de abajo, pero investigando un poco me encontré con que el Diccionario panhispánico de dudas sí considera el término en el lema “sentir”. Dice: “Pertenece a la familia de este verbo el adjetivo sentiente (‘que siente’), forma que deriva directamente del latín sentiens, -entis (participio de presente de sentire) y es la preferida en el uso culto: «La energía estimular solo es potencialmente estimulante; para que de hecho estimule precisa del otro término de la relación, el organismo sentiente» (Pinillos Psicología [Esp. 1975]). No obstante, la variación vocálica que el verbo sentir presenta en su raíz —sentimos, sintió— ha favorecido la creación de la variante sintiente, también válida: «Ponen especial énfasis en no dañar a ningún ser sintiente» (Calle Yoga [Esp. 1990]).”
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Regaños. En la tele, para variar. El reportaje era sobre la marimba y entrevistaban a Carlos Nandayapa. En la pantalla se leía “precursor de la marimba”, evidentemente el productor de ese programa desconoce el significado de la palabra. Precursor es el que antecede, el que da origen. Y ni siquiera don Zeferino Nandayapa, padre de Carlos, fue “precursor” de un instrumento de origen africano y cuya forma moderna data del siglo XIX. Lo que sí, don Zeferino fue gran promotor del instrumento y ahora lo son sus hijos.
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El lector Eduardo Morales añade una unidad de medida al listado de la entrega anterior de Giros: “Otra medida de la cual no tenemos conocimiento o casi no la aplicamos es el geme (Medida que corresponde a la distancia entre las puntas de los dedos índice y pulgar en la máxima extensión posible).
Mi madre la mencionaba cuando nos tejía suéteres —falta un geme— o bordaba”.
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A la inquietud de El Arca de Arena por saber cuál es el verbo que describe la acción de contar versos respondió Francisco Báez con la métrica y recibió una propuesta en el mismo sentido de Marielena Hoyo. Dice la colega: “Podría tratarse de los verbos “metrificar”/“versificar”, para lo correspondiente a la acción de medir versos (métrica). Igual y no, pero ya ve que me encantan sus retos.”
Pues, no. La palabra es “escandir”
Hoy pide El Arca una palabra de origen árabe que en España significa residuo y en el norte de México equivale a morona.





14 01 17


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sábado, 7 de enero de 2017

Arrobado con la resma


Carlos Alberto Patiño
El símbolo arroba (@) no se inventó con la computación ni servía para tratar de esconder el género de las palabras en pos de la corrección política.
Quienes estudiamos aritmética en el libro del cubano Aurelio Baldor (Aritmética teórico práctica) —el que tenía en la portada un tigre dientes de sable acechando a dos sapiens que realizaban un trueque— sabemos que la arroba es una unidad de medida que equivale a 11.5 kilogramos o 25 libras, según asienta el texto del matemático. Y es la cuarta parte de un quintal, medida que representa 100 libras (aproximadamente 46 kilos), aunque también existe el quintal métrico que vale 100 kilos.
Arrobar es pesar en arrobas, pero también es embelesar, cautivar los sentidos, como en el arrobo o arrobamiento, que es entrar en éxtasis.
Todas estas unidades de medición corresponden al peso.
Entre las medidas de longitud ya en desuso están la vara y la legua.
La última contiene 5 mil varas y originalmente correspondía a la distancia que un hombre podía recorrer en una hora, más o menos cuatro kilómetros. La vara mide tres pies. Las botas que pulgarcito le robó al ogro eran las de Siete Leguas, pues es la distancia que recorrían en una zancada.
El codo es la unidad de medida que usó Noé para construir el arca según las instrucciones del mismísimo Yahvé: Trescientos codos de longitud por 50 codos de ancho. Es decir que era una caja oblonga. Su altura era de 30 codos de alto (Génesis 6:15). La correspondencia en sistema decimal es 150 metros de largo por 25 metros de ancho y 15 de alto. El codo tiene una longitud aproximada de entre 41 y 45 centímetros.
Una caballería es medida de superficie equivalente a poco más de mil 800 m2. Un estadio podía equivaler, el olímpico, a 185 metros; el grande, a 222 y medio; el macedonio, a 210; el pítico a 148.5; y el inglés (furlong), a 201 metros.
Otra medida de longitud relacionada con el cuerpo, es la cuarta, que corresponde a la distancia entre el meñique y el pulgar. Como no todas las manos son iguales la medida varía entre 15 y 20 centímetros. También se le conoce como palmo. En música, una cuarta es el intervalo de cuatro grados entre dos notas de la escala musical.
Entre las medidas tradicionales está la resma que sirve para calcular cantidades de papel. Una resma contiene 20 manos y una mano son cinco cuadernillos. El cuadernillo contiene cinco pliegos. Así, la resma equivale a 500 pliegos de papel. Suena a un antiguo impresor estimando las hojas para la edición de El Quijote.
La gruesa sirve para contar unidades, no sólo de papel sino de cualquier cosa.
Una gruesa representa doce docenas. De lápices, de peras, de cohetes prohibidos, de canicas…: 144 ejemplares de lo que sea.
Dice la Wikipedia que “En arquería de competición olímpica, se lanzan, en dos jornadas, un total de 144 flechas.”
Doce gruesas hacen una gran gruesa (12×144=1728).
El jornal es la medida que correspondía a la superficie de terreno arada en un día (cuando no había tractores). Es, de igual manera, el trabajo que se realiza en una jornada y el pago por ese periodo laboral.
En la descripción que en su segunda Carta de Relación hace Hernán Cortés de Tenochtitlán, consigna una curiosa referencia a las magnitudes. “Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cual quiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba”.
La lanza jineta mide cuatro metros de largo. Ignoro la medida de Sevilla y Córdoba, la de entonces y la de ahora.
Los lectores de Tolstoi, Chejov o Dostoievski se habrán encontrado con distancias medidas en verstas. Son mil 67 metros.
Para los lectores de Emilio Salgari no es extraña la palabra braza que mide profundidades marinas. Representa la longitud de dos brazos extendidos, aproximadamente dos metros.
Un metro, consigna el DLE, es “1. m. Unidad de longitud del sistema internacional, que originalmente se estableció como la diezmillonésima (10−7) parte del cuadrante del meridiano terrestre, y hoy, con más precisión, se define como la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo. (Símb. m).”
De 1896 a 1960, se utilizó el Metro patrón como referencia para la unidad de medida. Era una barra de platino e iridio depositada en el sótano de la Oficina de Pesos y Medidas en Sèvres, en las afueras de París.
Fue Benito Juárez quien decretó en 1861 el uso del Sistema Métrico Decimal en nuestro país.
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Regaños. Oído en un canal de televisión: “El super bowl nunca estuvo tan cerca” ¿Nunca? Me parece que cada vez que se produce ese evento deportivo está más cerca que el día anterior, la hora previa, el minuto que antecede.
Y ya que uso el adjetivo previo, repito que no es adverbio. Siempre requiere un sustantivo al cual modificar. Lo recuerdo porque en el portal Aristegui noticias cabecearon: “«La gente fue engañada, previo al gasolinazo»: Noroña (Video)”. Antes es la palabra adecuada.
En el portal de noticias López-Dóriga Digital y en otros medios anuncian “Identifican nuevo órgano en el cuerpo humano”.
¿Qué tan nuevo? ¿Como de 2.5 millones de años, que son los que se le calculan al género homo? El mesenterio ya estaba ahí, así que difícilmente es algo nuevo. Quizá lo que se quiere decir es que se descubrieron funciones en esa parte del cuerpo que no se conocían. Quizá haya que destacar que se reclasifica al mesenterio como órgano, pero de novedad no hay nada, ningún “nuevo” órgano le brotó a los humanos.
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A El Arca de Arena se dirigió Francisco Báez para aclarar, con un espíritu no alejado del de El Bronco quitándoles a los niños la ilusión de Santa Claus, que lo que llevan las cigüeñas a los nidos de las cigüeñas son gusanos y otros bichos.
Yo sabía que Marielena Hoyo no fallaría. Los polluelos de las cigüeñas son los cigoñinos. Ramiro Martínez y Eduardo Morales también dieron la respuesta.
Bertha Hernández nos ilustra. “En la novela El capitán Fracasa (Capitain Fracasse), de Théofile Gautier, el protagonista es el barón de Sigognac, a quien uno de sus contrincantes insulta llamándolo ‘cigoñino’”
Ahora El Arca, emocionada con las mesuras, pide el verbo que describe la acción de medir versos.

07 01 17 

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domingo, 1 de enero de 2017

¿Epistemofobia?, ¿friggatriscaidecafobia? Creo que me va a dar fobofobia

Carlos Alberto patiño
 
 
Hay personas a las que las fiestas de fin de año no les agradan. De hecho les causan disgusto.
Tienen un padecimiento llamado “fobia social”, trastorno que provoca ansiedad por miedo persistente a situaciones de compromiso social.
Hay también quienes tienen problemas con el aumento de peso por la ingesta inmoderada que se presenta en estas fechas. Son quienes padecen “pocrescofobia” o “lipofobia”.
Como para casi todo, hay una palabra de origen griego que define este tipo de conductas.
La palabra es fobia. Phobía en transcripción castellanizada. Es, según el DLE: “ Del gr. –φοβία– phobía ‘temor’.
1. f. Aversión exagerada a alguien o a algo.
2. f. Psiquiatr. Temor angustioso e incontrolable ante ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión.
Se usa como prefijo en muchos términos que describen conductas obsesivas.
Entre las más famosas están el miedo a las alturas (acrofobia), a quedar encerrado (claustrofobia) o a las multitudes (agorafobia), mal que nos consta que no afecta a Rubí ni a su familia.
La lista de temores es grande. La relación que proporciona Wikipedia se extiende en más de 40 cuartillas.
Son llamativas por su longitud y rareza “friggatriscaidecafobia”, que es el miedo al viernes 13. La raíz de la palabreja es del inglés Friday, la que a su vez viene de la diosa vikinga  Frigga. También existe la “parascevedecatriafobia”, que es el mismo mal.
La “hexakoioihexekonthexafobia” es nada más la aversión a la cifra 666, asociada al demonio.
Hay una rarísima, la “araquibutirofobia” que es el disgusto de que la crema de cacahuate se pegue en el paladar.
La “aritmofobia” es padecimiento extendido entre los estudiantes de periodismo y también entre los profesionales de las noticias. Es el rechazo a los números.
La “penterafobia” es casi un lugar común: Es la aversión a las suegras.
Donald Trump es paciente de algunas, por ejemplo de la “xenofobia”, con especial dedicación a lo que sería la “mexicanofobia”, palabra todavía no reconocida. También es “islamofóbico” el nuevo presidente de EU. Y se sospecha que cultiva la “ginefobia”, el rechazo, en su caso, menosprecio, a las mujeres.
Ésta es buena por autorreferente: “hipopotomonstrosesquipedaliofobia”. Consiste en sentirse incómodo con las palabras monstruosamente largas.
Una de las que componen el título de este Giros es una aversión que apabulla a la clase política: “epistemofobia”, el rechazo al conocimiento. Esta otra debe detectarse en los órganos legislativos, la “fronemofobia”, el miedo a pensar.
De igual manera campea entre ellos y en las redes sociales la “bibliofobia”, que es el rechazo a los libros.
Ésta es grave, pero explicable: la “medomalacufobia”, el miedo a perder una erección. Y la mera idea puede ser causante de lo que se teme.
La del ortodoxo es la “heresifobia”, temor a desafiar a la autoridad doctrinal.
La del hippie es la “ablulofobia”, el rechazo a bañarse.
Muchos niños y no pocos adultos tiene “lacanofobia”, odio a las verduras.
La aversión a entrar a una casa vacía es la “kenofobia”.
Es generalizada y comprensible la “sanguivorifobia” o “hematofagofobia”, ambas para describir el miedo a los vampiros.
La “tafiofobia” ha dado lugar a múltiples leyendas. Es el miedo a ser enterrado vivo.
Con “afenfosfobia” es imposible abordar un transporte público. Si usted padece el miedo a ser tocado, mejor haga como dicen los pelados en los camiones: tome un taxi o suscríbase al programa Ecobici.
Y si lo que lo aqueja es la “anacrofobia”, no se preocupe, todavía no corre el riesgo de emprender un viaje en el tiempo.
Una de reciente aparición es la “nomofobia” (de no-movil, en inglés), que es el temor a quedarse sin señal, a que se termine la pila o a perder el celular.
La lista es larga. Tanto que podríamos desarrollar una “fobofobia”.
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Regaños. Es un anuncio que guardé por ahí, y ahora recupero. Es de una universidad que promueve una charla académica: “La Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad de la Comunicación te invitan a la conferencia de...”.
Así que la Licenciatura te invitan. Es una institución de educación superior y para colmo, especializada en comunicación, y no acierta a elaborar un mensaje con corrección gramatical.
La idea es simple, “La licenciatura (...) te invita” O La Licenciatura (...) y la Universidad (...) te invitan.
Una agencia fotográfica pone este pie en una de sus imágenes “Camiones iluminados recorren el centro de la ciudad, denominado “Caravana de luz” . Así que el centro de Monterrey se llama “Caravana de luz”. Eso se entiende por la anfibología que comete el redactor. Lo que se llama así es el conjunto de camiones que recorren la zona de la ciudad regiomontana.
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Agradezco los comentarios de Betty Ramírez.
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El Arca de Arena se había quedado con la duda de la palabra que sirve para describir la acción de quitar las cuerdas de las orillas de las velas. Palabra que también se relaciona con los flotadores de los aparejos para la pesca.
Marielena Hoyo me hizo llegar esta propuesta: “tiramollar”, que según el DLE es “tirar de un cabo que pasa por retorno, para aflojar lo que asegura o sujeta”; “amollar”, para cuando se suelta o afloja la escota u otro cabo para disminuir su trabajo o para ceder, desistir o aflojar el cabo de una embarcación, especialmente la escota (cabo que sirve para realizar el ajuste del ángulo de la vela respecto del viento) y, “filar”, que es soltar o aflojar progresivamente un cable o cabo que está trabajando.
La respuesta es “Desrelingar” (DLE: “1. tr. Mar. Quitar las relingas a las velas”. “Relingas: 1. f. Mar. Cada una de las cuerdas o sogas en que van colocados los plomos y corchos con que se calan y sostienen las redes en el agua.
2. f. Mar. Cabo con que se refuerzan las orillas de las velas.”)
Bien, la última búsqueda del año: Las crías de las gallinas son los pollos y las de las águilas son aguiluchos. ¿Cómo se llaman los polluelos que las cigüeñas llevan a las cigüeñas?
Feliz 2017.




31 12 16



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sábado, 24 de diciembre de 2016

¿En qué lugar de la fila me toca? Ordinales, cardinales y partitivos

Carlos Aberto Patiño


Se nos acaba este año que fue el de la conmemoración de los 400 de las muertes de Cervantes y Shakespeare. Fue el mismo día y no. Lo fue por la ocurrencia del día, pero no lo fue por las fechas. El calendario juliano y el gregoriano no se aplicaban en España y en Inglaterra al mismo tiempo. Recordemos que unos eran católicos que obedecían al Papa y los otros eran herejes anglicanos por culpa del corazoncito querendón del rey Enrique VIII (No el “Octavo Enrique” de los Ermitaños de Herman en cover de Los Ovnis —“Y todos eran enriques, nunca hubo un Juan o Bernabé”—, guiño generacional).
El aniversario es el cuadragentésimo no el “cuatrocientosavo”, como ponen algunos diarios por ahí, y hasta en las secciones culturales.
Me consta que los números ordinales se enseñan en la primaria, como lo son los cardinales y los partitivos o de fracción.
Pero en algún momento en los cerebros nacionales se borra la información y los que no son números de uso cotidiano para hacer cuentas (los cardinales) todos se complementan con “avo”, después del diez.
Así, décimo lo entiende todo mundo. El tercer y cuarto lugar lo tenemos bien identificado por los resultados olímpicos. Pero es más famoso el “onceavo” que el “decimoprimero” o “undécimo”, y nada qué decir del “duodécimo” o “decimosegundo”, que para ciudadanos de a pie, reporteros y hasta maestros y doctores reales y honoris causa es lo mismo que “doceavo”
“Avo” es terminación para fracciones, para los partitivos. Los de orden son los ordinales, los otros, los de la secuencia aritmética son los cardinales.
¿Vamos bien o me regreso?
“Onceavo” no es el que va después del décimo, es la fracción en once partes: 1/11. Así también doceavo (1/12) y treceavo (1/13)... Cuatrocientosavo (1/400), entonces, no es igual que cuadragentésimo. El primero es una fracción y el otro ocupa una posición.
El “centésimo” tiene dos valores. Es la fracción decimal y el lugar 100. Lo mismo ocurre con el décimo y el milésimo.
El ordinal de 40 es cuadragésimo y el de 50 es quincuagésimo.
Para 150 es centésimo quincuagésimo, pero existe en adjetivo, “sesquicentenario” para celebrar esa cantidad de años.
Si se va a conmemorar un bicentenario, existe el ordinal “ducentésimo”.
Para los 500 es “quingentésimo”  y para los 600 es “sexcentésimo”.
A 700 le toca “septingentésimo”, para 800 es “octingentésimo” y a 900 le toca “noningentésimo”.
¿Ya podemos distinguir cardinales, ordinales y partitivos? ¿Volveremos a decir “treceavo lugar”, en vez de “decimotercero”?
Si la duda apremia, el Diccionario del español de México tiene un apartado sobre la escritura de los números (http://dem.colmex.mx/repository/pdfs/numeros.pdf).
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La infaltable amiga de este espacio, Marielena Hoyo, preguntó por el uso de porcentajes.  “¿Cuando se hace referencia a un porcentaje, es mejor citarlo como tal o con el signo, y si de ser esto último, si se coloca inmediato a la cifra, sin dejar espacio?”.
Es cuestión del estilo de medio si se desea poner el signo “%” o las palabras “por ciento”. Si se opta por el signo, no se deja espacio entre los números y el signo “20%”.  Si se decide emplear las palabras es con espacio “19 por ciento”.
Y sigue la colega Hoyo: “Igualmente, le agradeceré la oportunidad de que cuando lo crea pertinente, pudiera puntualizar en el uso correcto del ‘a sí mismo’, ‘asimismo’ y ‘así mismo’, que de manera continua es término mal aplicado. Me desespera, porque en documentos oficiales y en las legislaciones y normatividades, y ya no se diga en el periodismo escrito, es común su mal empleo. A nivel académico de igual manera.”
La respuesta la tomo del Centro Virtual Cervantes (http://cvc.cervantes.es/lengua/alhabla/museo_horrores/museo_020.htm): “Así mismo: se considera una locución adverbial afirmativa (Diccionario panhispánico de dudas), y se usa con el sentido de ‘también’.
Así mismo, me vino a decir que comprara otro coche.
Es necesario así mismo que vengas conmigo esta tarde.
“Hay que tener en cuenta, que se escribe igual la unión del adverbio modal así reforzado con el adjetivo mismo; en este caso, es necesario siempre escribirlo separado:
Lo traje así mismo (es decir, no de otra manera).
“Asimismo: es un adverbio, sinónimo de la locución adverbial así mismo (‘también’), aunque la Real Academia Española prefiere el adverbio asimismo.
No paró de maldecirme durante el viaje. Me insultó asimismo cuando me bajé del coche.
“Es un error escribir: *asímismo, aunque esta sea su pronunciación.
“A sí mismo: se trata de una locución, en donde se unen una preposición (a), un reflexivo () y un adjetivo de identidad (mismo). El adjetivo, por su propia naturaleza, admite variaciones de género y de número.
Pedro se peina a sí mismo.
María se peina a sí misma.
María y Pedro se peinan a sí mismos.
María y Elena se peinan a sí mismas.”
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Regaños. Escribe la Agencia Efe: “Aunque en un principio se barajó un robo como móvil del robo, la Policía lo ha descartado...”.
Vamos, la agencia española es más hábil que los famosos prestidigitadores como el mítico Chen Kai, quien para sus juegos mágicos tenía que barajar más de una carta. Además de que si el robo es el móvil del robo estamos en la tierra de Perogrullo.
Veamos el DLE: “1. tr. En el juego de naipes, mezclar unos con otros antes de repartirlos.
2. tr. Mezclar y revolver unas personas o cosas con otras. U. t. c. prnl.
3. tr. Considerar las varias posibilidades o alternativas antes de tomar una decisión.”
O sea (no “osea”, como mal escriben los chavos), no se puede barajar un solo elemento, por más sagaz que sea el detective a cargo. De esta manera, el texto debió decir: “Se consideró un robo como móvil del asesinato”.
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La palabra que pedía El Arca de Arena no fue encontrada. La dejaré vigente. A ver (no “haber”) si en la última semana del año hay respuesta. La repito. El Arca se preguntó: “¿Tiene un nombre la acción de quitar las cuerdas de las orillas de las velas? También se relaciona con los flotadores de los aparejos para la pesca.”
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Felices fiestas.



24 12 16


 


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sábado, 17 de diciembre de 2016

Femeninos con masculino, ambiguos, epicenos... (El Agua, el azúcar, ¿el balleno?)

Carlos Alberto Patiño



Aunque lleve artículo masculino, agua es femenino, como resulta evidente en la frase agua fría. Ese tema había quedado en El Tintero la semana pasada. Caso similar al del líquido son el del águila, el hacha, el ave y el arca.
Esto es así porque cuando la vocal inicial es una “a” tónica, se necesita una consonante que la anteceda. ¿Tónica? ¿Como ginebra con quina? No. Tónica es la letra de la palabra sobre la que se carga la voz. Cambiando la “a” del artículo femenino singular (definido o indefinido) por la ele o ene del masculino evitamos ese choque de vocales.
Dice la Real Academia que es por “razones de fonética histórica”. Y añade “Esta regla solo opera cuando el artículo antecede inmediatamente al sustantivo, de ahí que digamos el agua, el área, el hacha; pero si entre el artículo y el sustantivo se interpone otra palabra, la regla queda sin efecto, de ahí que digamos la misma agua, la extensa área, la afilada hacha. Puesto que estas palabras son femeninas, los adjetivos deben concordar siempre en femenino: el agua clara, el área extensa, el hacha afilada (y no el agua claro, el área extenso, el hacha afilado).
“Por su parte, el indefinido una toma generalmente la forma un cuando antecede inmediatamente a sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica: un área, un hacha, un águila (si bien no es incorrecto, aunque sí poco frecuente, utilizar la forma plena una: una área, una hacha, una águila). Asimismo, los indefinidos alguna y ninguna pueden adoptar en estos casos las formas apocopadas (algún alma, ningún alma) o mantener las formas plenas (alguna alma, ninguna alma).
“Al tratarse de sustantivos femeninos, con los demostrativos este, ese, aquel o con cualquier otro adjetivo determinativo, como todo, mucho, poco, otro, etc., deben usarse las formas femeninas correspondientes: esta hacha, aquella misma arma, toda el agua, mucha hambre, etc. (y no este hacha, aquel mismo arma, todo el agua, mucho hambre, etc.)”
Entonces, cambia el artículo, pero nunca el género, y menos el sexo que nada tiene qué ver aquí.
Ojo. Cuando la inicial deja de ser la tónica, o sea que se vuelve átona, como en “agüita” o en la compuesta “aguamarina”, se conserva el artículo femenino: “una agüita”, “la aguamarina”.
El del azúcar es un fenómeno diferente. No empieza con tónica, pero lleva el artículo masculino. Se trata de una palabra de género ambiguo, lo que significa que puede ser masculino o femenino. La Fundéu (http://www.fundeu.es/recomendacion/azucar/) nos dice que “Aunque es válido su uso en ambos géneros, si no lo acompaña ningún adjetivo es mayoritario el empleo del masculino: «Los peligros del azúcar», mientras que si lleva un adjetivo predomina el femenino: «Añadir cien gramos de azúcar tamizada». En plural, lleve o no adjetivo, prevalece el empleo en masculino: «Sin dejar de mezclar, incorpore los azúcares y la vainilla»”
Con “sartén” ocurre algo similar. Aunque para el DLE es término femenino, el mismo diccionario reconoce que en países de América se usa como masculino. Son también entre otras muchas, palabras de género ambiguo --a veces como regionalismos, a veces como arcaísmo--: Mar, agravante, aguafuerte, antípoda, calor, color, reúma, tilde....
Con el radio y la radio no cabe la ambigüedad. El radioreceptor, la radiodifusión. “Enciende el radio que ya va a empezar Kalimán”. “Trabajo en la radio, soy productor.”
Ahora vamos a dejar que se entrometa el sexo, lo cual siempre complica las cosas, pero resulta divertido.
Hay palabras con género epiceno. Sí, epiceno, lo que significa que, aunque de género definido, designan a seres de ambos sexos.
Gorila, por ejemplo. La diferenciación sexual se consigue añadiendo el artículo: “el gorila, la gorila”. O con la concordancia de los adjetivos: “gorila enojada”, “gorila hambriento”.
También se puede añadir la especificación “macho” o “hembra”: “La ballena macho”, “la ballena hembra”. El ballenato sólo es la cría (Y el vallenato es género musical).
Palabras como víctima, persona nos dan problemas, pues no podemos decir “el persona” ni “el víctima”. Entonces tenemos que recurrir al contexto para definir el género.
Personaje sí nos permite diferenciar con el artículo: “el personaje”, “la personaje”.
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Del tema de las dos entregas anteriores, comentó Gerardo Galarza que me faltaron las “aguas negras del imperialismo yanqui”, sin las cuales la “cuba libre” es imposible.” Salud, Gerardo.
Sé, de buena fuente, que algunos residentes, en el Círculo Cubano de Río Churubusco y División del Norte, le llamaban a la bebida “una mentira”.
Eimy Arriaga reclamó  la presencia de “las aguas del Leteo”. Quizá por la condición de los tales líquidos fue que olvidé comentarlos.
Es tema de la mitología griega. El Lete o Leteo era uno de los ríos del inframundo, cuya particularidad es que beber de sus aguas producía el olvido total.
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Regaños. Es de una publicación universitaria. No sé si el responsable es el autor de la nota, el o la entrevistada, lo que sí sé es que quien hizo la corrección no tuvo el cuidado suficiente. “Se requiere personal con capacidad exacerbada para observar…” Veamos que dice el DLE: “Exacerbar: 1. tr. Irritar, causar muy grave enfado o enojo. U. t. c. prnl./2. tr. Agravar o avivar una enfermedad, una pasión, una molestia, etc. U. t. c. prnl./3. tr. Intensificar, extremar, exagerar.”
Entonces, esa carrera requiere de personas irritantes, que agraven enfermedades o que exageren. Me parece que no. Lo que quizá necesiten son sujetos con una gran capacidad de observación. Una extraordinaria capacidad, una desarrollada habilidad para observar...…
 Y hay más formas de decirlo con corrección.
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Doña Marielena Hoyo me plantea una serie de preguntas. En próximos giros les daré respuesta.
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Al policía de contrabando que requería El Arca de Arena, lo encontraron Francisco Báez y Marielena Hoyo. Desde luego que es el oficial Matute, Carlos, para más señas. El policía siempre burlado, pero buen amigo de la pandilla del callejón, pero sobre todo, de su líder Don Gato.
Bertha Hernández aporta el verbo “matutear”.
Esta vez El Arca se pregunta ¿tiene un nombre la acción de quitar las cuerdas de las orillas de las velas? También se relaciona con los flotadores de los aparejos para la pesca.



17 12 16

 

Publicado en La Crónica de hoy 

Aguas de marzo, agüitas, aguas locas...

Carlos Alberto patiño
 
No son muchas las aguas que han corrido desde que me propuse escribir sobre el agua y palabras afines. Pero como nos ha enseñado Heráclito, nadie puede bañarse dos veces en el mismo río.
El tema trajo a la mente de Bertha Hernández la canción de Antonio Carlos Jobim “Las aguas de marzo” Aquí en la versión de Elis Regina con el autor (https://www.youtube.com/watch?v=FIxbdXrhfiw). Y aquí con Georges Moustaki (https://www.youtube.com/watch?v=PxMjenL4k-g).
“Son las aguas de marzo/cerrando el verano/es la promesa de vida en tu corazón”.
Marielena Hoyo comentó: “Siempre contándole anécdotas respecto al tema que aborda, esta vez le cuento que visitando París, en ocasión en que compartí paseo por Les Champs Élysées con un grupo de diversas nacionalidades, mientras íbamos tan quitados de la pena disfrutando la caminata, un cuate mexicano que se nos retrasó, de repente gritó ¡aguas! y como podrá adivinar, la única que reaccionó al reclamo fui yo, su compatriota, lo que me libró de la fuerte embestida de fiero can francés que al ver que me le fui trepándome a un montículo-banca, se siguió a perseguir al resto, dejándome a mí por la paz. Una vez todos a salvo, no paramos de reír al explicarles la razón de mi rápida y atinada reacción.”
Claudia Sánchez, @LaEscultora, hizo estas propuestas sobre el tema:
“Aquí dejo a su consideración las aguas que recuerdo:
Agua de coco, agua mineral, agua de colonia (puede ser la de Sanborns je, je), aguas termales, agua nieve. ¡Al agua patos!, estar como agua para chocolate y esperamos no estar a pan y agua”.
Jorge Meléndez, periodista en Radio Educación y en El Financiero, refiere: “En la calle del Órgano, las prostitutas, luego de hacer el sexo con un hombre, tiraban un líquido con el que se lavaban y gritaban: ¡Va el agua de coco!”
¿Qué otras “aguas” tenemos? “Las de riñón”, dice Óscar Viale.
Hay “agua dulce”, “agua potable”, pero también “aguas negras” y las “residuales”.
Todos sabemos que el agua es fundamental para la vida. El dato que nos daban en la primaria era que nuestro cuerpo está formado en más del 60por ciento por el líquido. Y a este compuesto lo estamos buscando en la Luna, en Marte, en Europa, Ganímedes, Ios satélites de Júpiter.
La gran incógnita es de dónde salió la que tenemos en este planeta.
Hipótesis hay que explican la previa existencia del agua entre los componentes originales de la Tierra.
Otros dicen que nos cayó del cielo, no como lluvia sino que llegó en asteroides, meteoritos y cometas.
Es un hecho que hay agua en el universo, el misterio está en saber por qué aquí hay tanta.
Y como agua que no has de beber…
¿Y qué me dicen de las deliciosas y variadas “aguas frescas”? que, pese a los impuestos, pierden la guerra contra los refrescos embotellados.
“Agüitas” eran las canicas cristalinas que daban la batalla a las “cremitas”, “ópalos”, “ágatas” y “ojos de tigre”.
Entre los chavos, son populares las “aguas locas”. Me parecen letales, pero a los jóvenes les gustan por baratas. Las preparan por garrafones con el alcohol más corriente, generalmente el que se disfraza de mezcal. Le añaden saborizantes en polvo, como el que usó la secta del Templo del Pueblo, del pastor Jim Jones, para su suicidio colectivo. Lo mezclan con cerveza, hielo o lo que se les ocurra como leche azucarada o chocolate. Los efectos son devastadores. Los sobrevivientes dicen que el día después es de sufrimiento profundo.
Por cierto, agua es femenino, aunque lleve el artículo masculino. Ya hablaremos de eso.
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Regaños. Distintos medios y diversos políticos confunden las palabras “vergonzoso” y “vergonzante”. No son lo mismo.
“La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) adoptó una decisión tan sorprendente como vergonzante para un país: excluyó a la República Argentina de los rankings de las pruebas del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, según sus siglas en inglés) (Portal Infobae).
Otra: “Racismo. Realidad vergonzante”.
Una más del periódico deportivo As, de España: “Derrota vergonzante del conjunto aragonés. No tuvo pegada y careció de fiabilidad defensiva. Salvi, Abdullah y Ortuño fueron los goleadores.”
Señala la Fundación del Español Urgente: “El Diccionario panhispánico de dudas aclara que vergonzante es ‘algo que se oculta por vergüenza’ («Ahí está la pobreza oculta, la pobreza vergonzante, invisible»), y dicho de una persona, aquella ‘que pide limosna de manera encubierta’: «Aunque no lo parece, es un pobre vergonzante».
“Por su parte, vergonzoso es aquello ‘que causa vergüenza’ («Tuvo un comportamiento vergonzoso») y referido a una persona, que es ‘tímida o que se avergüenza con facilidad’: «Es un niño vergonzoso».
Y continúa: “Teniendo en cuenta lo anterior, conviene emplear con precisión ambos adjetivos a fin de evitar ambigüedades y malentendidos; por ejemplo, no es lo mismo un voto vergonzoso, esto es, aquel que produce vergüenza ajena, que un voto vergonzante, que es el de aquella persona que vota a favor de un partido, pero oculta o no se atreve a expresar abiertamente su inclinación política.
“Así pues, en los ejemplos iniciales lo apropiado habría sido escribir «Otro partido vergonzoso, otra derrota», «Se está produciendo una de las catástrofes humanitarias más vergonzosas de nuestro tiempo» y «Fue sometido a todo tipo de vergonzantes vejaciones hasta el punto de cortarle los genitales en medio de las risas de todos los presentes»”. (http://www.fundeu.es/recomendacion/vergonzantevergonzoso/).
A nuestro diario llegó un comentario sobre uno de nuestros titulares: “Sobre la nota de la sección Estados, escrita por Alfonso Cruz en Oaxaca y llamada ‘Recibe la CNTE a Murat sin clases, bloqueos y parálisis’, los lectores dijeron:
‘Sin bloqueos y parálisis’ (…) Karlo Heppner”. Acusamos el reclamo. Debimos haber dicho: “sin clases, con bloqueos y parálisis”.
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Francisco Báez y Marielena Hoyo encontraron los homónimos de dos estudios de significado diametral que pedía El Arca de Arena. El estudio de los contenidos de las aguas mayores y la teología de los últimos fines es la “escatología”. Una, del griego skor, skatos, excrementos. La otra, también del griego, eschatos, último, final.
Para El Arca de Arena hay una duda. Se dice de la introducción irregular de mercancía al país, el estraperlo, pero para muchos de nosotros es el nombre de un policía de serie animada.

 

10 12 16
 
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sábado, 3 de diciembre de 2016

¡Aguas!


Carlos Alberto Patiño
La del título es expresión de alerta, de advertencia, como la voz que llamaba a tomar las armas para la defensa: “Al arma”, alarma. No es, la primera, de tipo bélico. Se usa para pedir a alguien que avise si hay un riesgo: “Échame aguas si vienen los papás de mi novia”. “Si ves que regresa el jefe, me echas aguas”.
El origen de la expresión es para avisar que se lanzaban los residuos de los orinales y bacinicas por la ventana o desde el balcón cuando no había drenajes. Las aguas menores y mayores (del uno y del dos) salían disparadas y el grito debía prevenir a los incautos peatones.
Al agua la llamamos elemento desde antiguas épocas. Empédocles la unió al aire, la tierra y el fuego. Luego, Aristóteles llamó al conjunto el de “los cuatro elementos”. Vino Hipócrates y los asoció a los “humores” que, supuestamente, determinaban la salud (aire-sangre, fuego-bilis amarilla, tierra-bilis negra y agua-flema).
En realidad, el agua no es un elemento en el sentido moderno del término. Es un compuesto, son átomos que forman moléculas.
El Diccionario de la lengua española (RAE) contiene 16 definiciones y más de 400 referencias a la palabra.
La primera acepción establece que es un “Líquido transparente, incoloro, inodoro e insípido en estado puro, cuyas moléculas están formadas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, y que constituye el componente más abundante de la superficie terrestre y el mayoritario de todos los organismos vivos. (Fórm. H2O).”
El conjunto de definiciones incluye lo que serían perfumes y bebidas: “Líquido que se obtiene por infusión, disolución o emulsión de flores, plantas o frutos, empleado como refresco o en medicina y perfumería. Agua de azahar, de cebada, de limón.”.
En términos marineros, refiere a la estela que dejan las embarcaciones: “sigue las aguas del buque”. También alude a las corrientes marinas: “Las aguas tiran hacia el Este”.
Está el “agua angélica”, que es un purgante, y la “bendita” de uso religioso.
El “agua tofana” (“Arsénico en disolución que se usaba como veneno”), el “agua oxigenada”, popular antiséptico y el “agua de borrajas” que es decepcionante: “Todo quedó en agua de borrajas”
“Aguas blancas”, de ingrata memoria en nuestro país, son las aptas para beberse.
Curiosa expresión es la de “aguas del pantoque”, también de la marina: “En el sentido horizontal, aguas que median entre las de proa y popa; y en el vertical, las inferiores a los llenos de proa.”
“Aguas del menguante” son el reflujo del mar.
Las “aguas jurisdiccionales” son gratas a Luis Echeverría con sus “200 millas náuticas de la zona económica exclusiva del mar territorial”.
Sólo añadiré que, como ya se dijo en este espacio, la primera definición que reciben los ingenieros cuando empiezan a estudiar hidráulica es “el agua es cabrona” (vid. “El agua tal cual” http://giroscronica.blogspot.mx/2016/02/el-agua-tal-cual.html).
Y recordé estos versos populares: “Agua de las verdes matas/tú me tumbas/tú me matas/tú me haces andar a gatas”
Dejaré en El Tintero otra revisión de los usos de la palabra.
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Regaños. De temporada. Sale a cámara un joven rodeado de poinsettias y dice “hay nochebuenas de color rojas”. Para remachar, aparece un texto en la pantalla que repite la tontería.
Color es sustantivo masculino y singular, luego, el locutor (alguien así no puede llamarse periodista) debió haber dicho “nochebuenas de color rojo” o “nochebuenas rojas”... o amarillas o jaspeadas, que ahora tan variadas son.
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Eimy Arriaga recordó otra palabra compuesta de las que le leyó a Campobello (apellido que también es palabra compuesta). Es “camposantero”, el guarda y cuidador de un camposanto, según asienta el DLE. Es distinto al panteonero, que en México es el sepulturero o enterrador.
Sin embargo, creo que “camposantero” también podría aplicarse a quienes recorren los cementerios para admirar el arte funerario, visitar a los personajes históricos y a sus contemporáneos, así como a revisar los epitafios.
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El Arca de Arena pidió una parasintética que nos deja atónitos, pasmados por el buen aspecto o cualidades de alguien o algo. Nos dio una pista generacional: En los años sesenta se asociaba con “sabor italiano”.
Y eso produjo la inmediata respuesta de Francisco Báez: “Despampanante”. También Marielena Hoyo respondió. Lo mismo hizo Hugo Martínez, quien, al reconocer la señal añadió, “Según el doctor Báez, viene del apellido de Silvana Pampanini”.
Sería una bonita etimología, pero no.
El término, según el Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Corominas, viene de “pámpano” (en latín pampanius) que es la hoja de la vid.
Entonces, atendiendo al prefijo “des” que implica una negación, tenemos que despampanante es “sin pámpanos”.
¡Repámpanos! ¿Cómo es que quitar pámpanos se relaciona con producir pasmo, dejar atónito? Pues las fuentes dicen que el pámpano en cuestión era el que cubría las partes nobles de Adán y de Eva, y que al quitarlo dejó a ambos sorprendidos por el buen aspecto o cualidades de las zonas descubiertas… Con las consecuencias para la humanidad conocidas.
Hay también el verbo “despampanar” que en el DLE es “Quitar los pámpanos a las vides para atajar el vicio (¿? frondosidad excesiva), pero también, dejar atónito.
No dejaré en El Tintero a doña Silvana. Ella fue reconocida actriz italiana, Miss Italia en 1946, contemporánea de Gina Lollobrigida, Silvana Mangano y Sofía Loren. Hizo dos películas en México: Sed de amor (Alfonso Corona Blake, 1959) y Tres mil kilómetros de amor (Agustín P. Delgado, 1967).
Y aquí viene lo bueno. Quizá el publicista Ramón Diez Fernández asoció el apellido de la actriz con el efecto que le producía la dama e ideó un comercial de chocolates. La bella intérprete aparecía en la pantalla comiendo la golosina, mientras la voz del locutor (creo que era Pepe Ruiz Vélez) decía “Chocolates La Colonial, con un despampanante sabor italiano”.
El promocional se transmitió en los años sesenta durante el programa semanal sabatino Estrellas infantiles Toficos.
El Arca escarba entre la arena y, a propósito de las aguas mayores, encuentra una palabra que puede referirse al contenido de tales líquidos, pero que, paradójicamente, tiene un homófono relacionado con la teología de los finales.


04 12 16
 
Publicado en La Crónica de hoy