jueves, 5 de julio de 2018

Chanchullos

Carlos Alberto Patiño








A jaloneos, con tropiezos menores y mayores, a veces con sangre, mediante un proceso disparejo pero constante se ha forjado nuestra democracia.
En este camino, hemos incorporado términos formales y coloquiales, como ciudadano y ciudadanía, voto, sufragio efectivo, elecciones, boleta, padrón, cédula y luego, credencial para votar con fotografía, primero del IFE y después del INE.
A la par, hemos creado un conjunto de conceptos para describir prácticas, nada presentables, pero vigentes en distintas etapas de nuestra historia, y algunas, no del todo erradicadas.
De otros tiempos nos viene la palabra “tapado”. La tomamos de las peleas de gallos. Es una modalidad de combate en la que las apuestas se pactan conociendo sólo a una de las aves contrincantes, la otra permanece oculta, velada, para darle mayor emoción a la contienda.
Jorge Carpizo, exrector de la UNAM, primer ombudsman, exprocurador, académico, nos da una definición en su artículo “El tapado: sistema de engaños y mentiras”, publicado en la revista Nexos de noviembre de 1999 (https://www.nexos.com.mx/?p=9469): “El ‘tapado’ ha sido una de las características sobresalientes del sistema político mexicano de las últimas décadas. Por expresión tan singular como representativa se entiende que el Presidente de la República escoge y selecciona a su sucesor, pero para evitar que a este último lo vayan a vulnerar o debilitar, lo protege, lo oculta, lo “tapa” hasta el momento en que se hace público que él es el señalado y a quien se le va a donar el cargo.”
Claro, una práctica así sólo se podía dar en un sistema tan fuertemente vertical como el político mexicano en su etapa monopartidista y del más absoluto presidencialismo.
El mandatario en turno elegía a su sucesor, siempre detrás de la charada del apoyo popular y del pronunciamiento de los sectores del partido. Para ello se recurría a otra práctica, entonces considerada normal: “el dedazo”. Era (y es todavía en algunos partidos) el acto por el cual el Presidente señalaba a su sucesor y a los candidatos a gobernadores, senadores y otras autoridades. Esa fórmula iba acompañada de otra conocida como “palomeo” que era la aprobación de candidatos en listas en las que se ponía una palomita a quienes eran aprobados por el Gran Elector.
Al “destape” seguía “la cargada” que era el inacabable desfile de oportunistas y aduladores en las oficinas del destapado, a quien juraban que siempre había sido su favorito.
Aunque ya no con la magnitud que tuvieron, el “dedazo, y el “palomeo” sobreviven por ahí, como sigue existiendo el “acarreo”, esa práctica de llevar por medio de la persuasión o la coacción a “simpatizantes” a los mítines y actos de los políticos.
También se emplea para acercar a los votantes a las casillas donde hacen falta sufragantes.
La variante del “carrusel” era muy efectiva a la hora del “carro completo”, como le gustaba decir a la “aplanadora” priista, cuando lograba —y era casi siempre— ganar todos los puestos de elección.
Mediante el “carrusel” se trasladaba a grupos de ciudadanos para que votaran en distintas casillas.
Un padrón efectivo, la credencial para votar con fotografía y la tinta indeleble deben frenar esa modalidad.
La “operación tamal” incluía desayuno o almuerzo para los simpatizantes que a cambio, no de un plato de lentejas sino de un buen tamal, daban su voto a quien los convidaba.
Contra la “urna embarazada” se inventó la urna transparente. Aquélla era la que venía cargada de votos desde antes de que iniciara la votación.
El “taco” fue otra forma de añadir votos apócrifos. En la casilla, tras las cortinas que resguardan la secrecía del voto, el tramposo introducía en la urna un taco de boletas marcadas a favor de su candidato para asegurar la mayoría a la hora del escrutinio.
La “alquimia” y la “ingeniería electoral” tuvieron su momento. Las empleaban los responsables de darle la vuelta a una elección. Padrones rasurados, sustitución de actas, votos de muertos eran recursos para éstos, unos magos, otros técnicos, especializados en transmutar derrotas en victorias.
Otros personajes asociados son los “mapaches” que roban o rellenan urnas para alterar resultados. La única culpa del pobre animalillo es tener una marca en la cara en forma de antifaz, pero eso es suficiente para que el imaginario popular los asocie con los delincuentes electorales.
El “padrón rasurado” era al que se le borraban los datos de los votantes potencialmente antagónicos. Con éste se apoyaba la práctica del “ratón loco”. La idea era que los ciudadanos se cansaran de andar de casilla en casilla para ver dónde les tocaba emitir su voto.
La “casilla zapato” siempre fue sospechosa, pero en illo tempore eran de lo más común las casillas donde los opositores no obtenían ningún voto, como en el dominó, cuando la pareja de jugadores se queda en ceros a lo largo de una partida.
La “concertacesión” era recurso postelectoral. Si con ninguno de los medios señalados se lograba el triunfo, de alguna manera se desconocía el resultado y se negociaba algo a cambio. Muy sonada, aunque todavía no se acuñaba el término, fue la componenda en la elección de Nayarit de 1975. El triunfo lo logró Alejandro Gascón Mercado, del Partido Popular Socialista, pero en esa época era impensable un gobernador de oposición, aunque fuera la oposición leal del PPS. El entonces presidente del PRI, Porfirio Muñoz Ledo, entró en negociaciones con el dirigente pepino Jorge Cruickshank García, el resultado fue que el Popular Socialista reconoció el triunfo del tricolor Rogelio Flores Curiel. Casualmente, al año siguiente Cruickshank se convirtió en el primer senador no plenamente priista, pues llegó al escaño por una fórmula PRI-PPS.
Otros términos de este folclórico lenguaje son “caballo negro” —el candidato que no es favorito, pero que gana—, la “caída del sistema” y el “amiguismo” (—Oye, conozco al candidato desde hace mucho y no sé si hablarle de tú o de usted. —No te preocupes, háblale de mí).
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A El Arca de Arena llegaron las respuestas de Luz Rodríguez, Marielena Hoyo y de Miguel Ángel Castañeda. El nombre de cada una de las piezas verticales a los lados de una puerta o ventana que sostienen el dintel o el arco de ella es “jamba”, del francés “jambe”, que significa pierna. También tiene que ver con la grafología, y nos explica don Miguel Ángel que “las jambas o pies son los trazos plenos que descienden, van desde la zona media hacia abajo en las letras f, g, j, p, q, y, z.”
Lo opuesto a las “jambas”, sigue Miguel, son hampas o crestas, “los trazos plenos que ascienden desde la zona media en las letras b, d, f, h, j, l y t.”
El Arca pide ahora el nombre de la parte de la casilla donde se marca la boleta y que resguarda la privacidad y garantiza el secreto del voto.


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30 06 18




lunes, 25 de junio de 2018

Dudas y soluciones

Carlos Alberto Patiño


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¿Cómo se escribe...? ¿Es correcto decir...? ¿Está bien dicho...? ¿Qué quiere decir? Dudas, muchas dudas genera el uso del idioma. No sólo del español. Ocurre con todos. Siempre hay un resquicio para dudar de una forma, de una regla, de un significado.
Y eso es saludable, dudar siempre lo es. Incluso, grandes escritores consultan diccionarios y gramáticas para esclarecer formas de decir y escribir.
Un periodista con gran dominio del lenguaje escrito decía: “Después de 40 años de haber comenzado mi aprendizaje, todavía se me dificultan muchas cosas. No acabo de entender y sobre todo dominar ciertas complejidades de nuestro idioma que es el más hermoso, pero uno de los más difíciles” (Pacheco, José Emilio, “Un testamento periodístico de Manuel Buendía”)
Aquí en Giros nos habíamos ocupado de las consultas que se hacen a las Academias, la Real Española y la Mexicana de la Lengua en la entrada “Hartas dudas”.
Hay otro sitio que ayuda a resolver las inquietudes de lectores, autores y usuarios de las redes. Es el portal de la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA, https://www.fundeu.es/) que, asesorado por la Real Academia Española, atiende consultas del público.
Es herramienta útil, pero con un sesgo hispanista que marca los usos del lenguaje, no siempre acordes con las formas del español de México ni de América Latina.
No obstante, aplicando el debido criterio, contribuye a resolver dudas en el manejo de la lengua.
Recién publicó la Fundéu la consulta que le hicieron sobre el término “nocebo”. Confieso que desconocía la palabra, pero me recordó un chiste sobre la homeopatía. La respuesta que dio la Fundación fue: “Se trata de una voz relativamente reciente que, en efecto, todavía no recoge la Academia de la lengua, aunque sí el Diccionario de términos médicos, de la Real Academia Nacional de Medicina (España), en la entrada efecto nocebo. La idea básica es que una persona cree sufrir algún efecto negativo por tomar una sustancia que no hace nada”.
Otra duda resuelta fue la referente al término “antonomasia” que, por una cuestión auditiva, puede ser confundida con “autonomasia”. Dice Fundéu: “El único término adecuado es antonomasia, que es una figura retórica y que se usa sobre todo en la locución por antonomasia para indicar que una persona o cosa son las más conocidas o características de su especie”.
Esta duda la podemos compartir y usar como ejemplo para otros comparativos: “¿Puede un gobierno ser más paritario que otro? ¿O ser más que paritario? ¿No es paritario una cualidad absoluta?”
La respuesta es: “Según el Diccionario académico, paritario significa, entre otras cosas, que las diversas partes que forman una comisión o asamblea “tienen igualdad en el número y derechos de sus miembros”.
“En los últimos años el uso más frecuente en los medios (y también válido) es el que se refiere a la igualdad numérica entre hombres y mujeres en un conjunto de personas (un Gobierno, un Parlamento, una lista electoral…).
“De modo que, en sentido estricto, algo puede ser paritario (con el mismo número de hombres que de mujeres) o no serlo, pero no ser más o menos paritario.”
Aunque no todo es tan claro. Hay una explicación para hacer válido el comparativo: “El uso paritario con cuantificadores como más o menos puede deberse a dos causas.
“Por un lado, a que se interprete la palabra paritario no con el significado que figura en el DLE, sino como “que promueve la presencia de más mujeres en ámbitos donde ha estado infrarrepresentada”.
“También es posible que se interprete la paridad no como una igualdad estricta (50/50) en la presencia de hombres y mujeres ‘que no siempre es posible, como en el caso de componentes impares’, sino como igualdad aproximada. En ese caso, un Parlamento con 176 hombres y 174 mujeres podría considerarse paritario, pero uno con 175 hombres y 175 mujeres lo sería aún más”.
¿Alto el fuego o alto al fuego? Nos remite la Fundación al Diccionario panhispánico de dudas de la RAE, para aclararnos que ambas fórmulas son válidas “para referirse a la ‘suspensión de las acciones militares en una contienda’, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas.” “La Academia indica que alto el fuego puede emplearse para ordenar que se deje de disparar (“¡Alto el fuego!”), o como locución nominal con el significado ya referido, y cuyo plural es invariable: los alto el fuego.
“Además, se aclara que la forma alto al fuego se usa en gran parte de América y con menos frecuencia en España, y se considera igualmente adecuada, por lo que los dos ejemplos anteriores están bien escritos.
“Lo mismo cabe decir de las expresiones cese el fuego (la usual en España) y cese al fuego (más frecuente en América), ambas válidas.
“Se recuerda, en cualquier caso, que alto el fuego no equivale a armisticio.”
Con la aparición de Macedonia del Norte surgió la duda sobre el gentilicio. Recordemos que el país exintegrante de Yugoslavia, había tomado el nombre de República de Macedonia, pero Grecia se inconformó, pues su territorio incluye una provincia con el mismo nombre desde tiempos anteriores a Alejandro Magno, héroe nacido en esa región.
Los países llegaron a un acuerdo y ahora la nación balcánica incorpora “del Norte” a su denominación. Entonces, nos aclara la Fundéu que (para el gentilicio) “como parte del acuerdo se admite el uso de la denominación macedonio, a, sin necesidad de añadirle más, tal como se ha venido haciendo hasta ahora, aunque para ser más específico se puede decir de Macedonia del Norte. También la lengua del país se denomina macedonio, sin más”.
Otros casos: “¿Los obispos ‘dimiten’ o ‘renuncian’?” “Según el Código de Derecho Canónico, los términos preferibles en el ámbito religioso para indicar que un obispo deja su dignidad clerical son renunciar y renuncia, no dimitir. Lo mismo sucede en el caso del Papa.”
“Con relación a las protestas por Twitter veo que se escribe tuitazo, twittazo, tuittazo... ¿Cuál sería la forma correcta?” Respuesta: “Ese tipo de protestas se suelen llevar a cabo con el envío masivo de mensajes que tienen alguna etiqueta concreta. Dado que lo recomendable es escribir tuit para aludir a los mensajes, es preferible tuitazo a otras formas.
“Hemos podido comprobar que no solo se emplea para estas protestas, sino de modo figurado para tuits que pueden ser vistos como golpes, es decir, especialmente contundentes, notables o polémicos”.
La lista es larga, lo mejor será navegar por ahí para aprender algunas cosas, y, desde luego, consultar el sitio para resolver dudas.
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Regaño rápido.
Llegó el verano y con él el error nuestro de cada año. Medios impresos, electrónicos y portales de internet; reporteros inspirados, locutores extasiados, comentaristas emocionados por el comienzo de la estación escriben o dicen: “Entró el solsticio”, “empezó el solsticio”, dando  al término astronómico una significación de periodo anual.
El solsticio ni entra ni empieza, ocurre, se produce. Es el momento del año cuando el día es el más largo y la noche más corta del año. Por lo tanto no es algo que dure, sino que se da instantáneamente. Este año ocurrió a las 05:07 del 21 de junio. Es el momento en que se inicia el verano. Ese día la luz del sol iluminó nuestro hemisferio durante 13 horas con 25 minutos.
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El Arca de Arena debió enfrentarse con el diccionario. Pidió el nombre de un antiguo equipo de escritura, del conjunto de instrumentos para elaborar un texto que es sinónimo de “mensaje o respuesta que de palabra se da o se envía a alguien”. Se explicó que personajes del Siglo de Oro, como los de Tirso de Molina y Calderón de la Barca, lo piden cuando tienen necesidad de mandar un escrito urgente: “¡Traedme…!”.
Bueno la respuesta que esperaba es la que dieron Bertha Hernández y Mangel (no sin cierta ayuda): el “recado de escribir”, que, define el DLE es “Conjunto de objetos necesarios para hacer ciertas cosas” y pone como ejemplo, precisamente el “recado de escribir”.
Sin embargo Francisco Báez y Marielena Hoyo respondieron “escribanía” y entonces El Arca rebuscó entre sus arenas y encontró que en su quinta acepción la palabra es: “Recado de escribir, generalmente compuesto de tintero, salvadera y otras piezas, y colocado en un pie o platillo”.  Así que ni duda cabe, excepto en la parte que la petición hablaba de “un mensaje o respuesta” y que era la alusión a la palabra “recado”.
El lector Miguel Ángel Castañeda también reportó la escribanía y nos dio la definición del DLE ya citada.
Ahora requiere El Arca el nombre de las piezas verticales a los lados de una puerta o ventana que sostienen el dintel o el arco de ella. También es la designación del trazo bajo de algunas letras opuesto al hampa.


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23 06 18

lunes, 18 de junio de 2018

Mejor a mano

Carlos Alberto Patiño


 


Escribir a mano es una práctica que cae en el desuso. Cada vez más, los dispositivos electrónicos se extienden. Cada vez menos, las personas usan una pluma o un lápiz para anotar.
Ahora se toma la foto de un aviso con el teléfono o, con el mismo, se hacen notas con un ágil juego de pulgares.
Los viejos reporteros criticaban a los que en los años 70 empezaron a incorporar grabadoras a sus labores. Los de antes sólo necesitaban lápiz y libreta para elaborar reportajes de grandes vuelos.
En nuestros días, a la grabadora la desplaza el teléfono; y, lo que es más grave, el copy paste se vuelve fórmula muy socorrida para elaborar trabajos, tareas y hasta tesis.
Escribir a mano es gratificante. No lo digo yo, es una conclusión de diversos estudios sobre el cerebro. Intervienen el tacto, la vista y el pensamiento.
Hace un par de años se desató una polémica acerca de la escritura manuscrita por la decisión de Finlandia, país emblemático en materia educativa, de eliminar esta disciplina en sus estudios.
No quiere decir que se desterraran lápices, plumas y libretas de las aulas, pero hoy campean los teclados.
Imagínese usted, seguidor de El Arca de Arena, cómo les explicaría a esos chicos el uso del cálamo.
No sólo por nostalgia, también por razones pedagógicas aparecieron voces discordantes, las primeras de profesores y psicólogos que alzaron el dedo para señalar la importancia de la escritura en el desarrollo psicomotriz del niño.
Explicaron algunos neurólogos que el proceso de escribir activa y mejora el funcionamiento de determinadas áreas cerebrales.
“La escritura manuscrita ayuda a mantener el cerebro alerta y mantiene la destreza manual”, sostiene la pedagoga Laura Dinehart, de la Universidad Internacional de Florida. Añade la especialista que “el dominio de la caligrafía parece tener efecto sin comparación en el desarrollo y puede estar asociado con la capacidad de autorregularse, controlar las emociones y memorizar el trabajo efectuado”.
“Antes de escribir una palabra en el papel nos representamos mentalmente las letras, después las vemos aparecer bajo nuestros ojos gracias al movimiento de la mano. Con el teclado, nada como eso: sólo se necesita identificar la zona donde se encuentra la letra deseada y de presionarla (...) En el plano motor y el de la representación mental, estas dos maneras de escribir no tienen nada que ver: no requieren las mismas zonas del cerebro ni los mismos procesos cognitivos, explica el investigador Jean-Luc Velay, del Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Aix-Marseille.
Además, tomar notas a mano contribuye a fortalecer la memoria.
Dos investigadores estadunidenses, Pam Mueller y Daniel Oppenheimer, realizaron una investigación por la que se demostró que los estudiantes que se toman el trabajo de tomar apuntes manuscritos responden más fácilmente a cuestiones complejas que los que usan la computadora para esa tarea.
Información sobre el tema abunda en la red. En el sitio sympa-sympa.com elaboraron una lista de las consecuencias que puede tener la pérdida de la escritura manual.
Una primera afectación es el deterioro de la motricidad y la coordinación. Además se pierde habilidad para leer.
Explican que, al escribir a mano, se activan zonas del cerebro que sirven para la formación del lenguaje y la interpretación de las sensaciones. El cerebro, señala el portal, tiene una zona llamada Área de Broca que es la responsable de juntar las letras y palabras y de su comprensión. Con la escritura manuscrita ese centro se pone a funcionar. Así, la capacidad de escribir rápidamente facilita la lectura y viceversa.
Por otra parte, quien escribe poco o nada, tiene más dificultad para entender un manuscrito.
Como a muchos nos consta, los que teclean o digitan en el teléfono ponen menos atención en la ortografía, la puntuación y la gramática. Y añádale los desatinos del autocorrector.
Una falla más grave es que los que no escriben son menos capaces de expresar sus pensamientos con palabras. Cuando se escribe a mano se debe pensar en la frase entera, la idea completa y luego se escribe. La creación de escritos nos hace pensar con más aliento e involucra nuestro pensamiento abstracto.
El pensamiento y la capacidad de memoria se deterioran cuando se abandona o no se ejerce la práctica de la escritura y, una de las más lamentables menguas, la imaginación se hace más limitada.
Me pregunto si tendremos en el futuro próximo una sociedad ágrafa. No será de analfabetas, pues serán capaces de leer e interpretar sus mensajes, pero no sabrán escribir. Sí, juntarán letras en un teclado para formar palabras. Será su método, pero de auténtica escritura, nada.
Los humanos y sus cerebros se adaptan a cualquier circunstancia, así que, aunque a algunos no nos guste ese futuro, ellos lo vivirán y se hallarán cómodos en su agrafía. Sus escuelas tendrán que preparar especialistas paleógrafos para entender los textos de los últimos siglos y traducirlos al lenguaje taquigráfico de las redes sociales. Otros especialistas estudiarán el funcionamiento de sus cerebros y qué otras habilidades desarrollaron para sustituir las perdidas y asegurar su sobrevivencia y evolución.
Yo le recomiendo, mientras eso sucede, conseguir una libreta y una pluma y anotar sus pensamientos. De algo le servirá.
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El Arca de Arena pedía el nombre del instrumento de la antigüedad con el que se plasmaban historias y correspondencia. Las iconografías de Cervantes y de Shakespeare lo incluyen para resaltar el oficio de ambos. Es parte de un ave e importa mucho el corte para que funcione; es trisílaba y anagrama de la primera persona del presente de indicativo del verbo que significa “Dar voces en honor y aplauso de alguien”. También es parónimo del sinónimo de lecho nupcial.
La respuesta vino de Francisco Báez, Marielena Hoyo, Miguel Ángel Castañeda y Bertha Hernández.
La palabra es “cálamo”. Mangel acertó siguiendo paso por paso las pistas.
El cálamo y la escritura manuscrita no dejan a El Arca más remedio que pedir el nombre de un antiguo equipo de escritura. Es el conjunto de instrumentos para elaborar un texto. Es sinónimo de “mensaje o respuesta que de palabra se da o se envía a alguien”, con el complemento de la escritura. Personajes del Siglo de Oro, como los de Tirso de Molina y Calderón de la Barca, lo piden cuando tienen necesidad de mandar un escrito urgente: “¡Traedme…!”.


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16 06 18  

miércoles, 13 de junio de 2018

Lecciones de castellano para una jovencita del siglo XX

Carlos Alberto Patiño




"Las vocales se dividen en fuertes y débiles. Son fuertes la a, la e y la o. Son vocales débiles la i y la u”.
Es algo que todos sabemos…, o deberíamos saber.
Estas líneas son las primeras del cuaderno de una chica de secundaria. Es su lección inicial del curso de castellano de primero de secundaria en 1954.
Es sorprendente que las jóvenes estudiantes  ya recibían en sus clases eso que hoy en día hay que explicarles —me consta— a los estudiantes de licenciatura, y hasta de posgrado, que no atinan a dividir sílabas y menos a poner acentos por no distinguir los tipos de vocales.
No es tema complicado pero sí básico para lograr un texto comprensible y bien presentado.
(De la vida real. Suena la pregunta del reportero en la redacción ¿Canadá lleva acento? Responden los correctores: “En la a”. Sigue un lapso de silencio hasta que una tímida voz pregunta ¿en cuál?)
El cuaderno de Bertha González Ortiz es una verdadera joya.
Aprecien ustedes la caligrafía en la imagen adjunta.





Debo decirles que en esa época se escribía con manguillo y tintero. (Referí en el texto “La quinta columna y otras figuras que se difuminan” una explicación sobre este instrumento: “Manguillo era el portaplumas, el pequeño mango donde se insertaba la plumilla metálica para escribir… Las plumillas eran de acero. Éstas se introducían en el frasco de tinta —el tintero— y se escribía… con letra manuscrita, por supuesto”.)
Este tipo de letra, la manuscrita, resulta ahora incomprensible, pero era de escritura más rápida.
Veamos otro párrafo del cuaderno de la joven González: “Cuando al final de un renglón no cabe una palabra completa, se pone la parte que cabe y el resto en el renglón siguiente, cuidando de que sea siempre sílaba completa”
Éstas son las lecciones que aprendieron mis maestros y que luego nos transmitieron en las aulas.
¿Se nota alguna falta de ortografía? ¿Son comprensibles las explicaciones?
Seguramente las lecciones se impartían con dictados, fórmula tan criticada hoy en día.
No voy a defender la modalidad memorista de la enseñanza, pero sin memoria no hay aprendizaje. Explique usted a los aprendices las tablas de multiplicar, póngales toda la teoría y razones, pero si a la pregunta ¿Cuánto es 7 por 4? no se responde en automático, ningún método funciona.
Lo mismo pasa con las reglas de acentuación. Debemos aplicarlas por reflejo. Aunque nunca esté por demás entender las razones.
Sigue Bertha.
“Triptongo es la unión de 3 vocales que se pronuncian dentro de una misma sílaba.
“Hay cuatro triptongos que son: iai. -apreciáis, estudiáis, iei. -apremiéis, dispenséis, uei, - santigüéis, continuéis, uia, -amortiguáis, fraguáis.
“En México tenemos un triptongo más UAU que lo encontramos en palabras derivadas del idioma náhuatl: Cuautla, Guauchinango,
Cuauhtémoc”.
En la lección dedicada al sustantivo se explica: “Todas las palabras que componen nuestro idioma pueden catalogarse en nueve categorías que son las siguientes:
“Nombres sustantivos, adjetivos, pronombres, artículos, verbos, adverbios, preposiciones, conjunciones e interjecciones”.
El 17 de mayo de 1954, la lección se refiere a la acentuación para disolver los diptongos: “Cuando al final de una palabra aguda hay dos vocales que no deben formar diptongo se acentúa la segunda vocal para desbaratar el diptongo, aunque la palabra termine en consonante que no es n ni s.
“Ejercicio:
“Saúl, raíz, Raúl, reír… baúl, laúd, maíz, ataúd”.
El 16 de octubre algo pasó. En la cabecera de la página está escrito el lugar y la fecha, después está el título “Dictado” y luego… la página en blanco. O el dictado se hizo en hoja aparte, o algo le ocurrió a Bertha que no pudo quedarse en clase y alguien que debió haberle pasado el apunte no lo hizo. Queda como misterio.
En el mismo arcón, pero de casi una década antes, está el libro Los viajes de Gulliver, obsequiado a la entonces niña Bertha. Se lo dio la profesora Raquel y le puso esta dedicatoria:
“Bertita, que este libro te recuerde que en tus estudios de 1° y 2° años de la Primaria siempre dejaste satisfecha a la maestra y que te sirva de estímulo para que siempre seas igual: aplicada, cumplida y correcta.
“México, D.F., a 18 de noviembre de 1946.
“Tu maestra
“Raquel García de Calvo
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Golosa, El Arca de Arena pidió el nombre del paté de aceituna que incluye anchoas. Explicó que era galicismo que no hallaba todavía lugar en el diccionario de la Academia. El platillo originario del sur de Francia es la tapenade. Angélica Villanueva, Luz Rodríguez, Bertha Hernández, Marielena Hoyo, Miguel Ángel Castañeda y Tarsicio Javier Gutiérrez nos escribieron para dar la respuesta.
Doña Marielena y don Tarsicio proporcionan un dato fundamental para la receta. La pasta incluye alcaparras. De hecho, el nombre le viene del occitano (una forma antigua del francés) para alcaparra: “tapena” (tápena, en español).
A El Arca le gustó mucho el cuaderno de Bertha González. Está segura de que el instrumento de escritura no fue aquel de la antigüedad con el que se plasmaban historias y correspondencia. Las iconografías de Cervantes y de Shakespeare lo incluyen para resaltar el oficio de ambos. Es parte de un ave e importa mucho el corte para que funcione; es trisílaba y anagrama de la primera persona del presente de indicativo del verbo que significa “Dar voces en honor y aplauso de alguien”. También es parónimo del sinónimo de lecho nupcial.

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09 06 18 

lunes, 4 de junio de 2018

De aceitunas, olivas, aceites y óleos

Carlos Alberto Patiño



"Aceite de oliva” es una mixtura. No el producto, la denominación. Es la combinación de dos palabras de orígenes diversos con significados similares.
Aceite viene de aceituna, la oliva. La primera es de origen árabe; la otra es latina.
La historia, la geopolítica y hasta lo que antes no se llamaba globalidad influyeron en el nombre de este componente de la comida mediterránea y mundial.
Tuvo que ser España (Hispania, al-Ándalus) el territorio donde el óleo adquiriera su nombre híbrido, pues ahí convergieron las dos culturas.
Árabes y romanos pasaron y dejaron su huella en las modas, las costumbres, las palabras y los alimentos.
La extracción, almacenamiento y distribución del aceite es de antigüedad bíblica. Los olivos están presentes desde tiempos lejanos. De hecho, entre los árboles más viejos del mundo se cuentan varios olivos, como los milenarios de Israel, Italia, Grecia y
España.
Junto con la vid, es bastimento del que los humanos se han hecho acompañar a lo largo de la historia.
La rama del olivo es símbolo de paz. Lo era para los griegos, quienes además la utilizaban como una forma de reconocimiento a héroes, gobernantes y atletas.
En esta cultura, el olivo es tan importante que está ligado a la leyenda de la fundación de Atenas. Poseidón y Atenea disputaban el patronazgo de la ciudad aún sin nombre. Zeus los puso a competir. La deidad de los mares clavó su tridente y brotó un manantial, don apreciado, pero el origen marino dejó su marca y el agua del pozo resultó salada. Atenea hizo brotar un olivo al lado del manantial. Del árbol se obtendrían frutos, aceite, perfumes, madera... Una aportación insuperable, así que la ciudad tomó el nombre de Atenas.
En la Biblia, la narración del Diluvio Universal concluye cuando Noé suelta una paloma a volar sobre las aguas y el ave retorna con una rama de la planta en su pico, de lo que el patriarca colige que las aguas ya descendieron y que se puede atracar y empezar a repoblar la Tierra.
Los egipcios utilizaban el aceite para la preparación de las momias a las que, además, coronaban con hojas del árbol.
Como símbolo de paz aparece el olivo en nuestro Himno Nacional. Es la estrofa donde el arcángel divino ciñe una rama de la oleaginosa en las sienes de la Patria.
Aceituna viene del árabe hispánico azzaytúna, proveniente del árabe clásico zaytunah, según nos informa el Diccionario de la lengua española. Es la fruta que produce el aceite.
Oliva viene del latín y significa aceituna, fruto del olivo de donde se saca el aceite.
Así, aceite de oliva es el jugo de la aceituna u oliva que se extrae por el prensado del fruto.
“Aceite” es, consigna el DLE: “Líquido graso que se obtiene de frutos o semillas, como cacahuates, algodón, soja, nueces, almendras, linaza, ricino o coco, y de algunos animales, como la ballena, la foca o el bacalao. Aceite de hígado de bacalao (...) Aceite de oliva (...) Líquido denso de origen natural, como el petróleo, o que se obtiene por destilación de ciertos minerales bituminosos o de la hulla, el lignito y la turba (...) Sustancia grasa, líquida a temperatura ordinaria, de mayor o menor viscosidad, no miscible con agua y de menor densidad que ella, que se puede obtener sintéticamente”.
Para aceite, el diccionario de la Academia incluye las siguientes acepciones: “aceite de vitriolo”, que corresponde al “ácido sulfúrico concentrado comercial”. Está el “aceite esencial” (un líquido muy oloroso de algunos vegetales) y el “aceite mineral” (líquido denso de origen natural). El “aceite pesado” es otro nombre para el gasóleo, uno de los derivados del petróleo.
“Aceitar”, además de lubricar o bañar con aceite o mejorar el funcionamiento de las instituciones, equivale a sobornar.
De oliva deriva “óleo”, que, nos dice el DLE, es “Aceite de origen vegetal, especialmente el de oliva (...) Pintura al óleo. Necesito óleo para pintar. Obra pictórica realizada con pintura al óleo. Adquirieron dos óleos en una subasta (... Aceite consagrado que usan algunas Iglesias cristianas en los sacramentos y otras ceremonias”.
Por estos, los sacramentos, la palabra latina va más apegada a esta última acepción. Nadie dice óleo para referirse a un aceite, pero todos conocemos la aplicación de los “santos óleos” a los moribundos cuando se les administra la extremaunción.
Hay también el “óleo de los catecúmenos”, que es el que se aplica en el bautismo, y “el de los enfermos”, para reconfortar a quienes están en trance extremo.
Óleo aparece en petróleo —el “aceite de piedra”—; en oleoducto, tubería para transportar petróleo; en gasolina, palabra que combina el gas con el aceite; y en linóleo que es, etimológicamente, una tela recubierta de aceite para hacerla impermeable, pero en el uso cotidiano es un material para recubrir pisos.
El alioli es una salsa —deliciosa— preparada con ajo y aceite y con yema de huevo en su versión valenciana.
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Tarsicio Javier Gutiérrez, Marielena Hoyo y Miguel Ángel Castañeda contestaron a El Arca de Arena. La petición fue “el nombre del lugar donde se extrae el aceite de las olivas, es la estancia del proceso de las aceitunas y vocablo de origen árabe”.
La respuesta es “alamazara”. Don Tarsicio nos comenta: “Una de las mejores clases de aceituna que he conocido, precisamente cuando la depositaban en la almazara, es la cornicabra. El producto final es de lo mejor... eso fue en un pueblo de la comunidad de Madrid”.
El Arca no abandona las aceitunas en el aceitunero y reclama un galicismo todavía sin carta de naturalización en el diccionario de la Academia. Sirve para denominar un paté de aceituna diferente de la olivada, pues incluye anchoas.

 Publicado en La Crónica de hoy   
02 06 18 

lunes, 28 de mayo de 2018

Sexo sin sexo

Carlos Alberto Patiño




La palabra “sexo” no tiene sexo. Tiene género y es masculino. Pese a las modas que corren y a las falsas pretensiones igualitarias, no hay nada que justifique la palabra “sexa”.
La palabra “género” tampoco tiene sexo y sí tiene género, masculino, por supuesto.
Nada tiene que ver con machismo ni con sexismo ni con las preferencias o inclinaciones o condiciones genéticas.
Su identidad no viene de los cromosomas sino del uso.
No es palabra macho ni hembra. No tiene mayor valor por ser un término masculino. Es importante por lo que es. A decir del Diccionario de la lengua española, además de definir la condición orgánica de los seres o denominar a los órganos sexuales, tiene la acepción que corresponde a la práctica divertida.
La palabra “palabra”no es menor ni demerita por ser de género (que no sexo) femenino.
Existe el masculino “palabro” de uso en España. Significa palabra rara o mal utilizada.
El cambio de género la convierte en otra palabra, afín, pero diferente.
El género de las palabras nos sirve para definir la concordancia, nada más. No es categoría de valor.
De las complejidades del sexo se habló ya en este espacio. Fue en la entrega titulada “Tengo problemas con el sexo… ¿o con el género?” , de octubre de 2015.
Se abordaba ahí el uso equívoco de los términos “sexo” y “género” a partir de la introducción de una equivalencia inexistente. Se comenzó a hablar de “equidad de género” cuando en realidad se habla de “equidad de sexo”. Es decir, se buscaba un trato igualitario para las personas sin importar si eran hombres o mujeres.
Con la diversidad de opciones actualmente reconocidas resulta difícil recuperar la connotación original de la palabra género, pues ya forma parte de las categorías sexuales establecidas. Lo que es un hecho es que la fórmula “ambos sexos” va dejando de funcionar.
En otra entrega de Giros ( Lagartonas y fáciles... ¿Qué sí debe estar en los diccionarios? , de febrero de este año, cite a la académica de la Lengua y miembro de El Colegio Nacional, Concepción Company. Decía la especialista en una entrevista con La Voz de Galicia : “Creo que la gramática no es sexista ni deja de serlo. No es un concepto que pueda ser aplicado a la gramática, pero sí al lenguaje y al discurso”.
Sí, hay palabras que discriminan, que ofenden, pero para eso se inventaron, estemos o no de acuerdo. Y no olvidemos que la intención está en la mente de quien profiere la expresión.
Recordemos, también, que las palabras no valen ni pesan más por su género ni por su significado ni siquiera las así llamadas, malas palabras.
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A propósito de las máquinas de escribir, Miriam Cuautle recordó que en su taller de mecanografía de la secundaria se empleaba un aditamento conocido como cubreteclado que servía para que las practicantes demostraran que podían escribir al tacto, sin mirar las teclas, lo que era considerado como la máxima virtud de los mecanógrafos.
Cinthia Miriam López cuenta que de plano le pedía a su mamá ayuda para las tareas, pues la señora sí era buena con la máquina.
Alguien más comentó que si los reporteros de antaño escribían con dos deditos (los índices), la “mecanografía” de ahora se hace con los pulgares, y jóvenes hay que tienen habilidad sorprendente para escribir a toda velocidad los mensajes que componen en su nueva lengua de abreviaturas.
Bertha Hernández nos hizo llegar un texto, no exento de ironía, de Martín Luis Guzmán, escrito en la segunda década del siglo pasado.
Recupero los primero párrafos del artículo. Dice el autor de La sombra del caudillo : “Cuentan los biógrafos de Henry James que el ruido de la máquina de escribir Remington era fuente inagotable de inspiración para aquel consumado artista de la prosa inglesa. La noticia se ha divulgado (se ha divulgado con esa facilidad con que cunde toda buena receta para lograr cosas imposibles: igual ocurrió con el espiritismo y, no hay mucho tiempo aún, con la leche agria de Metchikov), y a esta hora las máquinas del fabricante aludido tienen gran demanda en el mercado.
“Yo, que no he querido ser menos que nadie, resolví desde luego deshacerme de mi vieja y fiel Underwood, a cambio de la cual, más una pequeña suma de ribete, he adquirido una Remington flamante y sonora. ¡Qué estruendo tan melodioso el suyo!
“El advenimiento de la nueva máquina ha producido en mi hogar toda una revolución: ha transformado los métodos, ha cambiado las costumbres, ha modificado los caracteres. Como tanto mi mujer como mis hijos opinaron, después de la primera audición, que no existe instrumento superior a la Remington para evocar las ocultas armonías, hemos hecho a un lado la pianola y el fonógrafo, no nos acordamos de Beethoven ni de Caruso y solo gustamos ahora de escuchar, mañana y tarde, a los grandes maestros de la máquina de escribir. ¡Quién hubiera pensado nunca que es posible ejecutar —a una y a dos manos, en color rojo y en color azul— desde un canto de la Ilíada, hasta una proclama de Marinetti! ¡Música divina! Mucho, en verdad, depende de la interpretación”.
Continúa Guzmán describiendo las virtudes auditivas de su cacharro.
Cuenta que en los momentos de inspiración apaga la luz y se lanza a interpretar las más audaces composiciones. Dice que los vecinos, entusiasmados abren sus ventanas y le lanzan lo que él interpreta como ¡bravos!
Remata así su texto el también autor de El águila y la serpiente: “Parte de mis improvisaciones, la más accesible al vulgo, la mando a las revistas o a los grandes diarios. Algunas han causado sorpresa y otras verdadera estupefacción. Las revistas de los jóvenes las reciben siempre con aplauso caluroso; las publicaciones de los viejos, las académicas, fingen no descifrar mis obras y las desprecian. Es el eterno disgusto por todo lo que ya no podemos aprender a hacer. Pero los jóvenes me siguen con tal ahínco que ya comienza a formarse una verdadera escuela. Ahora mismo la gente anda revuelta y enteramente en desacuerdo sobre la esencia distintiva de la nueva manera y el nombre que debe dársele. ¿Es un cubismo o un vorticismo de la literatura? ¿Sería eufónico llamarle remingtonismo? Mecanicismo, sin duda, es el título que debiera ponérsele, si no fuera por las asociaciones deplorables que esa palabra puede despertar”.
El texto fue publicado con el título “Mi amiga la credulidad”, en El Gráfico (Nueva York, 1918). Después, Guzmán lo incluyó en A orillas del Hudson.
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Recibió El Arca de Arena la palabra “dactilograma” como la que corresponde a la definición de la huella digital impresa con fines de registro. Comparte raíz con el sinónimo de mecanógrafa. La envió Miguel Ángel Castañeda, quien nos dice que la voz con la que está emparentada por el prefijo es “dactilógrafa”.
Para hoy surge el nombre del lugar donde se extrae el aceite de las olivas, es la estancia del proceso de las aceitunas y vocablo de origen árabe.


 Publicado en La Crónica de hoy   
19 05 18    

lunes, 21 de mayo de 2018

¿A máquina?

Carlos Alberto Patiño





Un retrónimo que no pegó fue el de la máquina de escribir mecánica. Sí, por ahí se describía así al instrumento, pero en realidad, las que debieron adjetivarse fueron las posteriores como la eléctrica y la electrónica, hasta que los procesadores de palabras desplazaron a todas.
En casa tuvimos varias. Una de las primeras fue una vieja Olivetti Lexikon, de las que se empezaron a fabricar en los años cuarenta.
La usaba mi hermana para hacer las prácticas mecanográficas para su taller de la secundaria. Yo la ocupaba para hacer algún eventual trabajo escolar.
Mis tareas de primaria se hacían con pluma fuente (menos las de matemáticas que se elaboraban con lápiz, para facilitar las correcciones. La goma era fundamental).
Las de secundaria eran con pluma atómica (ahora conocida como bolígrafo). Sólo los trabajos especiales se entregaban “a máquina”.
La máquina era de un color pardo, entre gris y café. Aunque antigua, estaba en buenas condiciones.
Luego llegó otra Olivetti de la serie 82. Era pesada, azul verdosa, para escritorio y con un teclado muy duro.
Era divertido hacer correr el carro hasta que sonara la campanilla que marcaba el final del renglón. Entonces había que usar una palanca para mover el rodillo y regresar el carro al inicio del siguiente renglón.
La máquina de escribir es un invento del siglo XIX, pero hay antecedentes, por lo menos, desde el siglo XVIII.
Sus creadores oficiales fueron Christopher Sholes, Carlos Glidden y Samuel W. Soulé. Y la primera fabricante fue la Remington que producía armas y máquinas de coser, pues adquirió la patente.
Sobre el tema, les recomiendo el artículo que José Emilio Pacheco escribió para la revista Nexos en 1978. (Lo encuentran aquí.
Una tarde llegó a casa mi padre con una desvencijada Smith Corona (de la especial. No ése es el Smith & Wesson de Pedro Navaja). Venía en un estuche de madera y era toda de metal. El color era gris. Era un modelo ¡portátil!, pero el puro estuche ya pesaba lo suyo. Era un aparato de los años 40.
La metió en gasolina, la limpió, tensó resortes, ajustó algunas piezas y quedó lista. Con esa máquina escribí mis tareas universitarias y mis primeros trabajos periodísticos. También me sirvió para hacer cartas y pergeñar guiones radiofónicos.
Todavía la tengo, aunque ya no la uso. No he podido conseguir las cintas entintadas para escribir.
Con las máquinas venían los dispositivos para corregir. Primero las gomas. Recuerdo que había unas tarjetas con perforaciones de distintas longitudes. Las secretarias les decían )calaveras. Las ponían sobre la hoja y borraban una letra, una palabra, hasta una línea. Las desplazó el corrector líquido que pintaba de blanco las hojas con un pincel y se volvía a escribir encima.
Las buenas mecanógrafas preferían la goma a que se vieran los manchones blancos; pero, para las tareas, bastaba.
Luego vinieron unas hojitas que se ponían entre la cinta y la hoja de papel para tapar las letras erróneas y poner las correctas.
Dicen algunos conocedores de las artes mecanográficas que muchos errores se hubieran evitado si la disposición del teclado fuera otra.
Usamos el llamado teclado “QWERTY”, del que se dice que se distribuyó de tan particular manera para evitar que las varillas se entreveraran con el consecuente retraso en la escritura.
El sistema se basa en la frecuencia de uso de las letras en inglés. Hay teclados con el sistema “AZERTY”, que se usa en países francófonos, y está el francosuizo “QWERTZ”, utilizado para la escritura en francés y alemán.
En la lengua portuguesa, por órdenes del dictador corporativista Antonio Oliveira Salazar, se impuso el “HCESAR”.
Existe el llamado teclado ergonómico “Dvorak”, desarrollado por August Dvorak y William Deale para simplificar el trabajo mecanográfico y reducir la fatiga de los dactilógrafos. Las teclas se distribuyen de manera que se evite usar teclas alejadas o que obliguen a usar un solo dedo o que una sola mano trabaje más,  como sucede con el “QWERTY”.
Sin embargo, la fuerza de la costumbre ha mantenido a éste como el de mayor uso, pese a que las computadoras no tienen varilla alguna que se enrede al teclear.
La formación de los periodistas incluía la mecanografía. Me tocó presenciar y vivir el desplazamiento de esa asignatura por la modernísima computadora en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García en los años 80. Me invitaron a dar las primeras clases de computación y uso del procesador de textos, primero en un pequeño salón con unas pocas computadoras, luego, en el espacio que ocupaba la sala de mecanografía, que ya no lo fue más.
Me tocó vivir la transición de la máquina de escribir a los procesadores de texto, pero vi a muchos rehusarse a dar el paso. Periodistas había que mantenían sus destartaladas máquinas cuando en las redacciones ya se habían instalado computadoras. Los había incluso que entregaban sus mecanoescritos a capturistas para que las transfirieran al ya necesario formato digital.
Como esos dinosaurios fue el escritor Günter Grass, quien en su libro De la finitud relata que cuando sus lectores se enteraron de que no conseguía cintas para su máquina de escribir, le hicieron llegar una dotación abundante.
Los reporteros que sí dieron el paso a la modernidad eran fácilmente identificables en las salas de redacción por la fuerza con la que percutían las teclas. A veces daba miedo de que fueran a despanzurrar los frágiles teclados.
Resistencia al cambio también hubo cuando entraron al mercado las primeras máquinas. Para los escritores de la época, el aparato era sólo de utilidad mercantil, no literaria. Mark Twain fue el primero que se aventuró a preparar sus originales con una máquina de escribir.
En la revista Diners de mayo de 2014, Daniel Samper Pizano cuenta “La historia de las máquinas de escribir de Gabo”. Están en el relato desde la primera máquina que tuvo Gabriel García Márquez hasta la Smith Corona eléctrica en la que terminó Cien Años de Soledad.
El lector interesado puede visitar esta dirección.
Y no puedo concluir sin hablar de  “La máquina de escribir”, concierto para máquina y orquesta compuesto por Leroy Anderson en 1950. Hay diversas representaciones en YouTube (Aquí hay una). Yo les recomiendo ver la ejecución mímica que hizo Jerry Lewis en la película Lío en los grandes almacenes.
 
Mención especial merece el grupo musical Les Luthier con su dactilófono o máquina de tocar. Oiganlo aquí.
PS. Ayer estuve en el Hospital General Regional No. 1 “Dr. Carlos MacGregor Sánchez”, del IMSS. En varios de los módulos de control tienen máquinas Olympia, marca alemana que en la posguerra lo fue de la parte oriental, la comunista, la del otro lado del muro.

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Buscaba El Arca de Arena el nombre de una marca corporal, la de la impronta de Selene en nuestros dedos. Anagrama del presente en tercera persona del plural del verbo que describe el sonido que produce el viento o que representa la voz del búho.
Ululan es el verbo. Con sus letras formamos la palabra “lúnula”. Llegó la respuesta de Francisco Báez, Mangel, Tarsicio Javier Gutiérrez, Miguel Ángel Castañeda y Gloria Dupre, a quien la marca hace feliz. Marielena Hoyo nos dice que es “la forma de media luna que está pegada a la raíz de la uña en los dedos humanos, y que generalmente es blanquecina”.
El Arca quiere averiguar cómo se le denomina a una huella digital impresa con fines de registro. Comparte raíz con el sinónimo de mecanógrafa.
  Publicado en La Crónica de hoy   
19 05 18