Carlos
Alberto Patiño
"Apenas
él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en
hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él
procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y
tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las
arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar
tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas
fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un
momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara
suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los
encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la
esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del
orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé!
¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y
márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en
un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles
que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”
Casi no hay
que decirlo. Es el capítulo 68 de Rayuela, la formidable novela de Julio
Cortázar.
¿Se
entiende? ¿Por qué creemos que significa algo?
Está escrito
en glíglico, un idioma artificial. Es un juguete inventado por La Maga, quien
reclama a Oliveira la maternidad en el capítulo 20:
“—¿Pero te
retila la murta? No me vayas a mentir. ¿Te la retila de veras?
“—Muchísimo.
Por todas partes, a veces demasiado. Es una sensación maravillosa.
“—¿Y te hace
poner con los plíneos entre las argustas?
“—Sí, y
después nos entreturnamos los porcios hasta que él dice basta basta, y yo
tampoco puedo más, hay que apurarse, comprendés. Pero eso vos no lo podés
comprender, siempre te quedás en la gunfia más chica.
(...)
“—Me aburre
mucho el glíglico. Además vos no tenés imaginación, siempre decís las mismas
cosas (...)
“—El
glíglico lo inventé yo —dijo resentida la Maga—. Vos soltás cualquier
cosa y te lucís, pero no es el verdadero glíglico.”
Es un hecho
que aun con el glíglico hay significado; pese a que son palabras inexistentes,
tienen sentido.
Es, ante
todo, un reto para el lector, una propuesta de juego. Es un llamado a la
complicidad del autor último de cualquier obra literaria: el lector.
Daniel
González Dueñas, en su artículo “El glíglico en Rayuela” argumenta que: “la
virtud de este último (el glíglico) reposa en su ambigüedad irreductible:
‘retilar la murta’ o ‘amalar el noema’ sólo funcionan en la medida en que no
exista un diccionario en donde estas palabras sean sujetas con alfileres
como las mariposas del entomólogo. El glíglico sería totalmente destruido por
un diccionario, de ser éste posible.”
Pero, ¿de
dónde proviene el significado?
Dicho de una
manera rápida y directa, significa por la estructura.
La sintaxis
del español es la que nos hace comprensible el texto.
Podemos
reconocer artículos, sustantivos, preposiciones, conjunciones, adjetivos, verbos
y tiempos verbales.
Sin duda
“amalaba” está en copretérito y “el noema” tiene un artículo determinado
masculino singular.
El ritmo
también hace lo suyo. Si leemos el capítulo en voz alta (bien leído,
obviamente) resalta el trasfondo erótico del capítulo. El glíglico es un idioma
para describir la relación física amorosa de una pareja.
Hay palabras
en español, por ahí está un término en lunfardo y otro de la tradición
grecolatina.
El glíglico
se forma con jitanjáforas, palabra esta última también inventada y recuperada
para denominar una figura retórica por Alfonso Reyes. Son palabras o frases sin
significado pero melódicas y rítmicas. El neolonés lo tomó de un poema cubano
de Mariano Brüll que dice : “Filiflama alabe cundre/ala olalúnea alífera/alveolea
jitanjáfora/liris salumba salífera.”
Hay otros
lenguajes inventados en la literatura. Uno de los
ejemplos más conocidos es el que emplea Lewis Carroll en su poema Jabberwoky,
cuyas primeras estrofas son: “Twas brillig, and the slithy toves/Did gyre
and gimble in the wabe;/All mimsy were the borogoves,/And the mome raths
outgrabe./’Beware the Jabberwock, my son!/The jaws that bite, the claws that
catch!/Beware the Jubjub bird, and shun/The frumious Bandersnatch!”
Que en
traducción de Jaime de Ojeda (A través del espejo y lo que Alicia encontró
al otro lado, Alianza Editorial, Madrid, 1973.) es:
“Brillaba,
brumeando negro, el sol;/agiliscosos giroscaban los limazones/banerrando por
las váparas lejanas;/mimosos se fruncían los borogobios/mientras el momio rantas
murgiflaba./¡Cuidate del Galimatazo, hijo mío!/¡Guárdate de los dientes que
trituran/Y de las zarpas que desgarran!/¡Cuidate del pájaro Jubo-Jubo y/que no
te agarre el frumioso Magnapresa!”
Está también el inglés de James Joyce en su Fineggans Wake: “riverrun,
past Eve and Adam’s, from swerve of shore to bend of bay, brings us by a
commodius vicus of recirculation back to Howth Castle and Environs.
“Sir Tristram, violer d’amores, fr’over the short sea, had passencore
rearrived from North Armorica on this side the scraggy isthmus of Europe Minor
to wielderfight his penisolate war”
Salvador
Elizondo dejó una famosa traducción de las primeras páginas del libro:
“riocorrido
más allá de la Eva y Adán; de desvío de costa a encombadura de bahía, trayéndonos
por un cómodio vícolo de recirculación otra vuelta a Howth Castillo y
Enderredores.
“Sir
Tristram, violer d’amores, habiendo cruzado el corto mar, había
pasancorrevuelto de Nortearmórica, de este lado del estrecho istmo de Europa
Menor para martibatallar en su guerra peneisolar.”
Son grandes
retos para el traductor, pero “traduciendo” la sintaxis y apoyándose en raíces
y paronimias se logra dar versiones en otros idiomas.
No es el
caso de la lengua de Ponape, hablada en la tierra de R’lyeh, donde H.P.
Lovecraft ubica a Cthulu. Ahí se escucha esta frase: “Ph’nglui mglw’nafh
Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn”. No hay manera de entender; no hay estructura
significante. Sabemos lo que dice porque nos lo explica el mismo autor: “En su
morada de R’lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando”.
.-.-.-.-.
Regaños.
@Don_Susanito me hizo llegar un artículo sobre un
problema no resuelto por la Real Academia Española. El portal Un arácnido Una
camiseta publicó en febrero de 2011 una entrada que habla de una palabra que no
se puede escribir en español aunque sí pronunciar.
El autor que
firma como “eosar” dice:
“Hace unos
días le hice una consulta a la RAE, ¿cómo se escribe el imperativo de salirle?
Su respuesta fue la siguiente:
‘En relación
con su consulta, le remitimos la siguiente información:
‘La
interpretación forzosa como dígrafo de la secuencia gráfica ll en
español hace imposible representar por escrito la palabra resultante de
añadir el pronombre átono le a la forma verbal sal (imperativo
no voseante de segunda persona de singular del verbo salir), oralmente
posible si, por ejemplo, ordenáramos a alguien salir al paso o al encuentro de
otra persona aludida con el pronombre le: [sál.le al páso], [sál.le al
enkuéntro].
‘Puesto que
los pronombres átonos pospuestos al verbo han de escribirse soldados a este, sal
+ le daría por escrito salle, cuya lectura sería forzosamente
[sá.lle], y no [sal.le].’
Vaya, así
que la Academia no puede resolver una duda. Y para eso la teníamos. Va
por esa razón en esta sección, aunque el tema es para largo debate.
.-.-.-.-.-.-
El Arca de
Arena.
El nombre
del olor a tierra mojada es petricor. Lo supieron Luz Rodríguez y Marlene
Peralta. Marielena Hoyo nos proporciona la siguiente información: Es un
“término derivado de la unión de las palabras griegas “petrus” (piedra) e
“ikhôr”, que era como se denominaba “el líquido que fluía por las venas de los
dioses en la mitología griega”.
Lily
Rodríguez añade que: “Este aroma inconfundible proviene de una sustancia
química llamada GEOSMINA que la produce una bacteria llamada bacteria de
Albert. La Geosmina es incluso la base de los antibióticos de uso más
frecuente. El olor de tierra mojada es incluso tema de un poema de Ramón López
Velarde que precisamente se titula así: Tierra Mojada.”
La palabra
tiene fecha de nacimiento, fue en 1964 cuando dos geólogos australianos, Isabel
Joy Bear y R. G. Thomas, lo usaron en inglés por primera vez como “petrichor”.
Pasó al español sin la “ch”, pero aunque su etimología es válida, todavía no
aparece en el DLE.
Algunos que
no conocían la palabra sí recordaron que Guadalajara huele así, según nos ha
ilustrado Pepe Guízar en su celebérrima canción.
De la
palabra ikhôr hay una llamativa anécdota. Alejandro Magno estaba tan
convencido de su condición divina que se llevó tremenda decepción un día que
fue herido y le salió sangre, no el líquido divino.
Ahora,
rebusquemos en El Arca. Ahí, en el fondo, está el artilugio que provee
de corriente eléctrica al trole o pantógrafo de tranvías y trolebuses.
01 04 17
Publicado en La Crónica de hoy
No hay comentarios:
Publicar un comentario